Me ando meando

enero 26, 2010

Nunca lo había dicho, pero estoy totalmente en contra de justificar por qué se escribe una u otra cosa, por qué se estuvo ausente durante mucho tiempo del blog o por qué ahora se retoma el teclado para plasmar algo en la pantalla. Aún pienso lo mismo, pero en esta ocasión admito que no se me ocurre otra forma de empezar que justificando mi escrito.

Por eso y ante la falta de ideas u observaciones suspicaces de la vida, tal y como lo hacen mis compañeros de blog, quienes siempre tienen una particular manera de ver al mundo y a quienes lo conforman, me remito a escudriñar en mi pasado y contar alguna anécdota que me permita formar parte activa de esta bitácora escrita a seis manos…

Corría el año 1997 más o menos y me encontraba con un grupo de amigos que ya no frecuento mucho, pero que cuando lo hacíamos dedicábamos largas horas a la charla, a los bocadillos y a uno que otro chascarrillo que fluía conforme avanzaba la jornada.

El caso es que en medio de la risa causada por la agudeza de un comentario, una de las jovencitas presentes  relajó más de la cuenta su esfínter, permitiendo que emanaran de su “cuevecita” unos cuantos chorros de una micción no controlada.

mujer meada¿El resultado? Una marca húmeda en su jean, unos pocos segundos de incómodo silencio y luego unas estrepitosas carcajadas por parte de los que presenciábamos el espectáculo.

La desventurada, por su parte, y en apariencia abochornada por el asunto, pidió disculpas en un tono casi imperceptible y salió a toda prisa rumbo a su casa. Después de lo sucedido continuamos con nuestra reunión como si nada hubiese pasado.

Del tema no se volvió a hablar, salvo para recordar el momento y reír un poco a costa del suceso, pero aún así las cosas no volvieron a ser igual.  ¿Por qué? Pues porque no sólo la joven en cuestión sino todas las niñas del grupo, tomaron una actitud algo aburrida de la vida.

Nunca volvieron a reír con tantas ganas como solían hacerlo, desde aquel acontecimiento sus risas se tornaron menos explosivas que antes, menos descontroladas, menos felices, menos “risas”, quizás por miedo a que les ocurriera algo similar, pues a pesar de que en muchas ocasiones habíamos escuchado la expresión “estaba que me orinaba de la risa”, jamás nos imaginamos que del dicho al hecho hubiera tan poco trecho.

Pero bueno, lo triste del caso es saber que la gente prefiere pasar una vida aburrida en lugar de buscar una solución a los problemas. Habiendo tantas toallas higiénicas y tantos pañales en el mundo, ¿a quién se le ocurre pasar una vida sin risas descontroladas? Y aunque no tengo respuesta para ello, sí tengo una invitación qué hacerles:

Permitamos que la risa se apodere de nosotros, qué importa si nos meamos en el proceso. Si podemos llorar de la risa sin problemas, dejemos que las demás partes de nuestro cuerpo también se expresen a su manera. Qué triste es amar sin ser amado, pero más triste es reír sin haberse meado.

Vistamos un pañal y salgamos a mearnos de la risa, qué importa la apariencia, qué importa si nos vemos ridículos, qué importa si nos vemos como el personaje de la foto. Lo realmente importante es andar por el mundo contagiando sonrisas aunque estemos meados.

No admitamos que la superficialidad de este mundo en el que vivimos se apodere de nosotros, la felicidad es lo primero y de verdad les digo que si tuviera que escoger entre una vida sin risas o una con pañales, pero llena de felicidad escogería la segunda.

Además, si les sigue preocupando la apariencia les cuento que en la actualidad hay personas que están trabajando duro en el tema del uso de pañales conservando da sexyness, aquí les presento algunos ejemplos: www.diaper-girls.org, http://sexydiapergirls.com,* (NSFW). Suyo siempre, ReDil.



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